Me pierdo entre las calles, me escondo, de algo, de alguien.
Camino solo, a veces abrumado, entre tantos cuerpos a mi alrededor,
no los conozco y tampoco quiero hacerlo. Solo caen, y se empujan
en un ritmo frenético entre un paso y el otro.
No nos miramos, no nos sentimos, no sabemos nada de los demás.
Las calles nos invitan a perdernos, nos obligan, mejor dicho,
a acostumbrarnos a la vida efímera,
al paso entrecortado para dejar lugar
al otro en una ficción de solidaridad.
La vista se nubla por momentos y la claridad ya no es tal,
y sigo escondido. Algo falta, algo falta, me digo,
para mis adentros, y me pregunto
¿cuál es la profundidad del hombre?
¿será acaso la soledad? ¿el miedo a la soledad?
no se, ya no se. Miro a mis costados, miro,
y uno a uno caen los velocistas amateur
de esta intrincada sociedad que nos regala,
entre falsas visiones, sonrisas acartonadas
y miserias esquivas, un minuto más
de triste agonía guardada en una caja
pequeña donde cabe el corazón,
para devorarla, pedacito a pedacito,
en nuestro lecho de muerte cotidiana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario