Cualquier metáfora sería demasiado obvia,
incluso esta, que ametralla desde todos los rincones,
en las esquinas donde los pasos se detienen,
donde el sentido se pierde en dos o tres direcciones
a contramano de las manos que me tapan la cara
para decirme, socarronamente, "adivina quién soy",
cuando el mismo aire que nos da vida nos congela el corazón,
cuando escribir estos versos ya no tiene sentido alguno.
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